Las manos de Stefany sostienen un collar de san pedrito, hecho con piedras recogidas y trabajadas por mujeres del oriente del Ecuador, enredado entre sus dedos mientras espera el autobús. No es un adorno ni un gesto casual: es territorio, memoria y desplazamiento. En la parada, entre trayectos, su cuerpo habita el tránsito como parte de su ética de vida. El feminismo, para ella, es una forma de comprender el mundo desde el nombre propio y la responsabilidad colectiva, una práctica que atraviesa lo profesional y lo íntimo. No hay clínica posible sin perspectiva de género, no hay cuidado sin cuestionamiento de las estructuras que organizan la vida. Cada piedra sostiene historias de comunidad, de dignidad compartida y de resistencias silenciosas.
Stefany no llegó al feminismo por un hecho extraordinario, sino por una incomodidad persistente frente a lo que se esperaba de ella. Elegir su voz, su camino y sus modos de estar ha sido un acto constante de afirmación. En movimiento, sus manos sostienen la convicción de que la igualdad no es un destino fijo, sino algo que se construye colectivamente, con justicia, ternura y decisión cotidiana.