Las manos de Fernanda descansan sobre sus rodillas, pero cuentan una vida que comenzó sosteniéndose sola desde muy joven. A los 18 años asumió el cuidado económico de su madre y desde entonces ha trabajado sin pausa, construyendo su libertad desde la responsabilidad.
Dirigió a más de treinta personas, en su mayoría hombres, sin sentir jamás que su género fuera un límite. Después, tomó su propio camino profesional y hoy dialoga con médicos, sosteniéndose a su altura intelectual y laboral. Fernanda no nombra grandes batallas; nombra constancia. Su fotografía es un gesto de calma que sólo tiene quien ha aprendido a sostener el mundo con sus propias manos.